Entre la auto-expresión y la tradición

Por: Susana Garzón Blanco *

Con la pronta llegada del Papa al país se han cristalizado de manera ferviente las pasiones católicas de los colombianos. El menú del Papa, el papamóvil, el ajuar del Papa, han invadido los medios de comunicación hasta el punto de la saturación, mientras que otros asuntos de vital importancia para el presente y futuro del país se han visto eclipsados. Esta atención mediática exacerbada en asuntos religiosos constituye un espaldarazo para los creyentes y aunque nuestra Constitución consagra un Estado laico, la etiqueta del país del Sagrado Corazón de Jesús llegó para quedarse.

Tal como lo expresaron Inglehart y Welzel (2005) el desarrollo socioeconómico no es sinónimo de un declive de los valores tradicionales y en nuestro país eso se ha interiorizado muy bien. Inglehart y Welzel bien dijeron que los cambios culturales producto del desarrollo no son lineales y que depende de los contextos propios de cada sociedad. Así, Colombia es uno de esos ejemplos que demuestran que no necesariamente hay que experimentar un proceso de secularización para empezar a abrirle espacio a las preocupaciones existenciales, así lo muestra los resultados de la Encuesta Mundial de Valores 1997-2012. Pese a que la opinión pública empieza a incluir en sus debates asuntos relacionados con el medio ambiente, la igualdad de géneros, tolerancia a miembros de LGBTI, entre otros, es innegable la alta influencia que aún tiene la religión en el comportamiento – y pensamiento- de los ciudadanos.

La fe católica está tan arraiga entre los ciudadanos que logra penetrar en todos los aspectos de la vida de las personas. Incluso, la frontera entre la religión y la política está tan difusa que la preocupación por asuntos humanistas no ha logrado hacer mella en cambios institucionales significativos; por eso, no es de extrañar que hoy por hoy los sacrosantos valores tradicionales de la familia sigan polarizando al país, para suerte de muchos en vísperas de elecciones.

Así las cosas, en Colombia hoy creemos más en los milagros de Dios que en los de la ciencia y la tecnología, aunque ninguno de los dos casos extremos son escenarios deseados. El primero porque limita las condiciones para un espacio que propicie el cuestionamiento de las autoridades y dogmas de otrora. Y el segundo porque se centra en las pretensiones materiales y egoístas de los individuos dejando a un lado los valores humanistas, tan importantes para los cuestionamientos existenciales de nuestra especie.

Los colombianos aún no hemos superado las “constricciones de la elección humana” (Inglehart y Welzel, 2005, p.34) producto de la dependencia en la religión, lo que significa que las visiones de mundo que se construyen individual y colectivamente aún están determinados por la creencia en Dios. La pregunta que queda abierta es ¿cómo se ve afectado el funcionamiento de la democracia si los ciudadanos siguen atando sus decisiones a los valores morales dictados por la fe?

* Estudiante de Ciencia Política y Relaciones Internacionales, UTB

Fuentes:

Inglehart, R y Welzel, C. (2005) “Una teoría de la modernización revisada”, Capítulo 1 de Modernización, cambio cultural y democracia: la secuencia del desarrollo humano. Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas – Siglo XXI, 2006.

Encuesta Mundial de Valores 1997-2012: Una mirada evolutiva de los resultados para Colombia.

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