Memoria y desarrollo

Por Pablo Abitbol *

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¿Por qué hacer memoria histórica? ¿Para qué recordar el pasado, abrir viejas heridas y revolver los avisperos de las tragedias que yacen ocultas en nuestros olvidos?

Las respuestas a este amplio espectro de preguntas son tremendamente complejas y polémicas; ellas hacen parte sustancial del campo de estudios sobre la memoria, la memoria histórica, la memoria colectiva y la memoria cultural.

Sin embargo, quienes navegamos por las aguas de la memoria sabemos que las víctimas, quienes han sufrido la violencia infligida por los múltiples actores de nuestros conflictos, en general tienen claro que rememorar es ante todo un acto de sanación, reconocimiento y dignificación.

El recuerdo no es pasivo, es activo; es una acción individual y colectiva que busca -según la bella raíz etimológica de la palabra recordar- volver a pasar por el corazón. Volver a pasar unos acontecimientos por el corazón de cada persona y sus comunidades, de manera atenta, pausada, respetuosa y reflexiva, en contra del olvido, la lástima y el estigma. Volver a pasar por el corazón sin la prisa que nos hace correr cotidianamente con los ojos cerrados hacia “el puerto de no sé dónde”.

¿Cuántos campesinos y líderes sociales han sido injustamente estigmatizados por cuenta de una memoria injustamente selectiva? ¿Y cuánta redundancia de violencia estamos viendo contra ellos, en buena medida por cuenta del cómodo habitar en la tierra del olvido? ¿Cuántos han votado, o les han vendido su voto a los aliados políticos de los mismos victimarios de sus propios padres o abuelos?

Y es que no importa solo qué recordamos, sino también cómo lo recordamos. Cansa y abruma escuchar las retóricas justificativas sobre los “errores cometidos en medio de las lógicas de una guerra que nos fue impuesta”; algo que le he escuchado decir a todos los actores del conflicto.

Pero también hay otro sentido en el que es crucial construir memoria histórica en una sociedad. Así como para una persona el aprendizaje y la capacidad para tomar mejores decisiones depende vitalmente de su memoria, así también para una comunidad el aprendizaje social y la capacidad de tomar mejores decisiones colectivas depende de su memoria compartida. Cada uno de nosotros es como una pequeña neurona en la inmensa red de nuestra mente social.

Por lo tanto, el compromiso de cada ciudadano con la verdad y la justicia de sus recuerdos sobre nuestra historia común es un elemento esencial de la capacidad colectiva para avanzar hacia la construcción de paz y el desarrollo humano.

*Coordinador del Grupo Regional de Memoria Histórica, UTB

Columna publicada originalmente en El Universal 

pabitbol@utb.edu.co

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